Manual oficial de la Legión de María

Continuación

 
- 10 - APOSTOLADO LEGIONARIO

1. Su dignidad
Para poner de relieve la dignidad del apostolado al que la Legión llama a sus miembros, así como la importancia que este apostolado tiene para la Iglesia, no hallamos palabras más categóricas que las siguientes y firmes declaraciones:
"Los cristianos seglares obtienen el derecho y la obligación del apostolado por su unión con Cristo Cabeza. Ya que, insertos por el bautismo en el Cuerpo místico de Cristo, robustecidos por la confirmación en la fortaleza del Espíritu Santo, son destinados al apostolado por el mismo Señor. Se consagran como sacerdocio real y gente santa (cf.l P 2,4-10) para ofrecer hostias espirituales por medio de todas sus obras, y para dar testimonio de Cristo en todas las partes del mundo. La caridad, que es como el alma de todo apostolado, se comunica y mantiene con los sacramentos, sobre todo de la Eucaristía" (AA,3).
"Ya Pío XII decía: "Los fieles, y más precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de la Iglesia; por ellos la Iglesia es el principio vital de la sociedad humana. Por tanto ellos, ellos especialmente, deben tener conciencia, cada vez más clara, no solo de pertenecer a la Iglesia, sino de ser la Iglesia, es decir, la ,comuniaad de los fieles sobre la tierra bajo la guía del Jefe común, el Papa, y de los obispos en comunión con él. Ellos son la Iglesia (...)" " (CL,9).
"María ejerce sobre el género humano una influencia moral que no podemos definir mejor que comparándola con esas fuerzas físicas de atracción, afinidad y ,cohesión, que, en el orden de la naturaleza, unen los cuerpos y sus partes componentes entre si... Creemos haber demostrado que María ha tenido parte en todas las grandes gestas que constituyen la vida de las sociedades y su verdadera "civilización" (Petitalot).

2. El apostolado del laico es indispensable
Nos atrevemos a afirmar que el bienestar moral de una población catolica depende de que ésta cuente con un buen núcleo de apóstoles,pertenecientes al estado laical, pero imbuidos de un espíritu sacerdotal; ellos procurarán al sacerdote unos eficaces puntos de contacto con el pueblo. Sin esta perfecta compenetración del sacerdote y el pueblo no hay garantía de éxito, pues ambos se necesitan mutuamente.
Ahora bien, el fundamento de todo apostolado es un interés vivísimo por la Iglesia y por su misión en la tierra; pero, como este interés no puede brotar sino de la plena convicción de estar uno colaborando positivamente con la misma Iglesia, está claro que una organización de apostolado, forjadora de apóstoles, no pude ponerse en otras manos que en las del sacerdote, el cual participa más que nada en la misión de la Iglesia; y de hecho, tanto ejercerá el sacerdote como verdadero pastor, cuanto más hábilmente maneje dicha organización.
Lo cierto es que, donde no se cultiva asiduamente el celo apostólico, se prepara el terreno para gue surja otra generación desprovista de todo interés por la IglesIa, de toda conciencia de responsabilidad para con ella; y, ¿qué provecho puede salir de un catolicismo tan inmaduro? ¿qué será de él cuando se perturbe algo su calma?. La historia nos enseña que el miedo llega a impulsar a una grey tan cobarde como ésa al destrozo de sus mismos pastores, o a que las ovejas se dejen devorar por la primera manada de lobos que se presenten. El cardenal Newman declara como un axioma: "En todo tiempo los cristianos seglares han sido la medida del espíritu católico".
"La función principal de la Legión de María es desarrollar en los seglares la conciencia de su vocación. Nosotros, los segláres, corremos el peligro de identificar a la Iglesia con el clero y los religiosos, a quienes Dios ha dado ciertamente lo que nosotros llamamos, con demasiado exclusivismo, una vocación. Inconscientemente, los demás estamos tentados a consideramos como del montón, como si esperáramos salvarnos observando lo ultimo prescrito. Olvidamos que nuestro Señor llama a cada una de sus ovejas por su nombre (Jn 10,3), y que -en palabras de San Pablo, ausente físicamente, como nosotros, del Calvario- el Hijo de Dios me amó a mi y se entregó por mi (Ga 2,20). Cada uno de nosotros, aunque no sea más que un carpintero de aldea -como lo fue Jesús mismo- o una humilde ama de casa- como su Madre-, tiene una vocación, es llamado individualmente por Dios a darle su amor y su servicio, a hacer un trabajo particular que otros tal vez puedan superar, pero que no pueden hacer en nuestro lugar. Nadie, sino yo mismo, puede entregar a Dios mi corazón ni hacer mi trabajo. Y es precisamente esta conciencia personal de la religión la que fomenta la Legión. El socio ya no se contenta con permanecer pasivo o satisfecho con las apariencias, tiene que ser algo y hacer algo por Dios; la religión ya no es para él un valor secundario, sino que llega a ser la inspiración de toda su vida, por más rutinaria que ésta sea, humanamente. Y esta convicción de la vocación personal crea inevitablemente un espíritu apostólico, el deseo de perpetuar la obra de Cristo, de ser otro Cristo, de servirle en los mas pequeñuelos de sus hermanos. De esta manera la Legión viene a ser el sustitutivo seglar de una orden religiosa, la traducción -en tétminos de vida seglar- de la idea cristiana de la perfección, la extensión del reino de Cristo en la vida seglar de hoy" (Alfredo O'Rahilly).

3. La Legión y el apostolado seglar
El apostolado -como tantos otros grandes principios- es por sí, en teoría, cosa fría y abstracta, y por eso tiene el peligro de no llamar poderosamente la atención de los laicos, y de que estos no respondan al alto destino que se les brinda, o -lo que es peor- de no creerse capacitados para realizado; con el desastroso resultado de que los seglares renuncien a todo esfuerzo por desempeñar el papel que les corresponde de derecho, y como obligación urgente, en la lucha que sostiene la Iglesia.
Más oigamos a una autoridad competente en esta materia, el cardenal Riberi, antiguo Delegado Apostólico para el África misionera, y más tarde Internuncio en China: "La Legión de María es el deber apostólico revestido de una forma tan atractiva y seductora, tan palpitante de vida, que a todos cautiva; obra en todo conforme a la mente de Pío XI, es decir, en absoluta dependencia de la Virgen Madre de Dios; toma siempre como base de reclutamiento -y aún como clave de potencia numérica- las cualidades individuales del socio; está fortalecida y protegida por abundante oración y sacrificio, y por la adhesión rigurosa a un reglamento; y, en fin, colabora estrechamente con el sacerdote. La Legión de María es un milagro de los tiempos modernos".
La Legión profesa al sacerdote todo el respeto y obediencia debidos a los legítimos superiores; es más: como el apostolado legionario se apoya enteramente sobre el hecho de ser la misa y los sacramentos los principales cauces por donde fluye la gracia -cuyo ministro esencial es él-, y como todos los esfuerzos y recursos de los legionarios deben encaminarse a repartir este divino manjar entre las multitudes enfermas y hambrientas, se deduce que el principio básico de la actuación legionaria será necesariamente el llevar al sacerdote al pueblo, si no siempre en persona -cosa imposible a veces- por lo menos mediante su influencia, y procurar la comprensión mutua entre el sacerdote y el pueblo.
El apostolado de la Legión se reduce esencialmente a esto. La Legión, aunque compuesta en casi su totalidad de personas seglares; obrará inseparablemente unida con sus sacerdotes, acaudillada por ellos, con absoluta identidad de intereses entre ambos; y buscará con ardor completar los esfuerzos del pastor y ensanchar su campo de acción en la vida de sus feligreses, para que estos, acogiéndole, reciban al Señor que le envió.
"Sí, os lo aseguro: quien recibe a uno cualquiera que yo envíe, me recibe a mí, y quien me reciba a mí, recibe al que me ha enviado' (]n 13,20).

4. El sacerdote y la Legión
La idea del sacerdote rodeado de personas deseosas de compartir con él sus trabajos está sancionada por el ejemplo supremo de Jesucristo: Jesús se dispuso a convertir al mundo rodeándose de un grupo de escogidos, a quienes instruyó por sí mismo y comunicó su propio Espíritu.
Los apóstoles tomaron, a pecho la lección de su divino Maestro, y la pusieron en práctica llamando a todos para que les ayudasen en la conquista de las almas. Dice el Cardenal Pizzardo: "Bien puede ser que los forasteros que llegaron a Roma (Hch2,1O) y oyeron predicar a los apóstoles el día de Pentecostés, fueron los primeros en anunciar a Jesucristo en Roma, echando así la semilla de la Iglesia Madre, que poco después vinieron a fundar San Pedro y San Pablo de un modo oficial".
Lo cierto es que la primera difusión del cristianismo en Roma misma fue obra del apostolado seglar. ¿Cómo pudo ser de otra manera? ¿Qué hubiesen logrado los doce, perdidos como estaban en las inmensidades del mundo, de no haber convocado a hombres y mujeres, a ancianos y jóvenes, diciéndoles: "Llevamos aquí un tesoro celestial, ayudadnos a repartirlo?" (Alocución de Pío XI).
Citadas las palabras de un Papa, añadamos las de otro, para, demostrar contundentemente que el ejemplo de nuestro Señor y de los apóstoles respecto de la conversión del mundo es la pauta que ha dado Dios a todos los sacerdotes- alter Christus -, para que ellos obren de igual manera en el limitado campo de acción de cada cual, ya sea parroquia o distrito, ya sea una obra especializada.
Hallándose cierto día el Papa San Pío X entre un grupo de cardenales les preguntó: - "¿Qué os parece lo más urgente hoy para salvar a la sociedad? - Edificar escuelas -, contestó uno. - No -, replicó el Papa. - Multiplicar las Iglesias -, añadió otro. - Tampoco.
-Reclutar más clero -, dijo un tercero. - Ni eso siquiera -repuso el - Papa- No. Lo más urgente ahora es tener en cada parroquia Un núcleo de seglares virtuosos, y, al mismo tiempo, ilustrados, esforzados y verdaderos apóstoles."
Este santo Pontífice, al fin de su vida, hizo estribar toda la salvación del mundo en la formación que diera un clero celoso a los fieles entregados al apostolado de la palabra, de la acción y, sobre, todo, del ejemplo. En las diócesis donde dicho Papa había ejercitado el ministerio antes de subir a la Cátedra de San Pedro, daba menos importancia al censo parroquial que a la lista de católicos capaces de irradiar su fe con obras de apostolado. Opinaba que se podrían formar almas escogidas en todas las clases sociales, y por eso estimaba a sus sacerdotes según los resultados que ellos, con su celo y talento, obtuviesen en este particular (Chautard, El alma de todo apostolado, parteIV, 1 f).
"La tarea del pastor no se limita al cuidado individual de sus fieles, sino que se extiende por derecho también a la formación de una comunidad genuinamente cristiana. Pero si ha de cultivarse adecuadamente el espíritu de comunidad, éste ha de abarcar no sólo a la Iglesia local, sino a la Iglesia universal. Una comunidad local no debe fomentar sólo el cuidado de sus fieles, sino que, imbuida de celo misionero, debe preparar a todos los hombres el camino hacia Cristo.
Esa comunidad local, sin embargo, tiene especialmente bajo su cuidado a los que están recibiendo instrucción en ese caminar hacia Dios, y a los nuevos conversos que deben ser formados gradualmente en el conocimiento y práctica de la vida cristiana" (PO,6).
"El Dios hecho hombre se vio obligado a dejar sobre la tierra su Cuerpo místico.
De otro modo su obra hubiera terminado en el Calvario. Sú muerte habría merécido la redención para el género humano; pero ¿cuántos hombres habrían podido ganar el cielo, sin la Iglesia que les trajera la vida de la Cruz? Cristo se identifica con el sacerdote de una manera particular. El sacerdote es como un corazón suplementario que hace circular por las almas la sangte vital de la gracia sobrenatural. Es pieza escencial dentro del sistema circulatorio espiritual del Cuerpo místico. Si falla, el sistema queda congestionado, y aquellos que de él dependen no reciben la vida que Cristo quiere que reciban.
El sacerdote tiene que ser para su pueblo, dentro de sus límites, lo que Cristo es para la Iglesia. Los miembros de Cristo son una prolongación de Él mismo, no solamente son colaboradores simpatizantes, seguidores, simple refuerzo externo.
Poseen su vida. Comparten su actividad. Deberán tener su mentalidad. Los sacerdotes tienen que ser uno con Cristo bajo todos los aspectos posibles.
Cristo para desarrollar su misión, formó en torno a sí mismo un cuerpo espiritual; el sacerdote ha de hacer lo mismo. Ha de formar en torno suyo miembros que sean uno con él. Si el sacerdote no tiene miembros vivientes, formados por él, unidos con él, su obra se reducira a dimensiones irrisorias. Estará aislado e incapacitado. No puede el ojo decirle a la mano: "no me haces falta "; ni la cabeza a los pies: " no me haces falta" (l Co 12,21).
Si Cristo, pues, ha constituido el Cuerpo místico como el principio de su camino, su verdad y su vida para las almas, actúa lo mismo mediante el nuevo Cristo:el sacerdote. Si éste no ejerce su función hasta edificar plenamente el Cuerpo místico (Ef 4,12). -Ahí edificar significa construir-La vida divina entrará en las almas y saldrá de ellas con poco provecho.
Es más: el sacerdote mismo quedará empobrecido, debido a que, aunque la misión de la cabeza es comunicar la vida al cuerpo, no es menos verdad que la cabeza vive de la vida del cuerpo, creciendo al par que crece éste y compartiendo sus flaquezas.
El sacerdote que no comprenda esta ley de sabiduría sacerdotal, pasará la vida ejercitando sólo una fracción de su capacidad, siendo su verdadero destino en Cristo abarcar el horizonte (P.F.J. Ripley).

5. La Legión en la parroquia
"En las actuales circunstancias los laicos pueden hacer mucho y, por lo tanto, deberían hacer mucho por el crecimiento de una auténtica comunión, eclesial en sus parroquias, con el fin de reavivar un espíritu verdaderamente misionero, llamado a atraer a los no creyentes, y a los propios creyentes que hayan abandonado la fe o en los que ha surgido la apatía en su vida cristiana" (CL, 27).
Podrá verse cómo el crecimiento de un auténtico espíritu de comunidad se verá apoyado sin reservas fundando en ella la Legión de María. A través de la Legión, el laico se acostumbra a trabajar en la parroquia en estrecha colaboración con los sacerdotes y a participar en responsabilidades pastorales. La regulación de las diversas actividades parroquiales mediante reuniones semanales regulares es una ventaja en sí misma. Sin embargo, es todavía más importante que aquellos que participan en el trabajo parroquial pertenezcan a la Legión, y que, por consiguiente, posean una formación espiritual que les ayudará a comprender que la parroquia es una comunidad eucarística con un sistema metódico que les permitirá llegar a cualquier persona de la parroquia, con el fin de construir dicha comunidad. Algunas de las formas en las que el apostolado legionario puede llevarse a cabo en la parroquia se describen en el capítulo 37. (Sugerencias para los trabajos).
"Los sacerdotes deben considerar el apostolado seglar como parte integral de su ministerio, y los fieles como un deber de la vida cristiana" (Pío XI .)

6. Frutos del espíritu legionario: idealismo y dinamismo en alto grado
Si la Iglesia, para defender los fueros de la verdad que se le ha confiado, se estancara en un rutinarismo de precauciones y reparos, proyectaría sobre esa verdad sombras siniestras; sobre todo a los ojos, de la juventud, la cual se habituaría a buscar en empresas puramente' mundanas -y aun irreligiosas- el entusiasmo por ideales prácticos que anhela su corazón generoso. Se haría un daño incalculable, y los efectos caerían como un castigo sobre las generaciones futuras.
Aquí puede contribuir la Legión, trazando, un programa de iniciativas, esfuerzo y sacrificio; un programa tal, que logre cautivar para la Iglesia estos dos términos: idealismo y dinamismo, haciéndolos servidores de la verdad católica.
Según el historiador Lecky, el mundo está regido por los ideales.
Ahora bien, quien forja un ideal superior, levanta a toda la humanidad, si ese ideal es -como se supone- práctico, y bastante evidente como para que pueda servir de reclamo.
¿Será temerario afirmar que los ideales propuestos por la Legión reúnen estas dos condiciones?
Aún concediendo que de entre las filas legionarias saldrán para gozo y honor de la Legión- numerosas vocaciones religiosas, se objetará que, fuera de esas personas predilectas, no habrá nadie en medio de tanto egoísmo como reina en el mundo, dispuesto a echar sobre sus hombros la pesada carga impuesta al socio de la Legión. Los que así hablan se equivocan. Los muchos que se ofrezcan para un servicio fácil, no tardarán en desertar de la Legión, sin dejar huella de su presencia; pero esos pocos que acuden a la voz de grandes y altas empresas perseveraran, y poquito a poco su espiritu se comunicara a los muchos; y, con el tiempo, se verificará el prodigio de conducir hasta la santidad a multitudes enteras, que antes se habían negado aún a llevar una vida meramente buena.
Un praesidium de la Legión viene a ser en manos del sacerdote -o del religioso- como una máquina potente en manos del mecánico: así como este, tocando registros y moviendo palancas, consigue una multiplicación de fuerzas que antes parecía inconcebible, de igual manera la hora y media empleada en la junta semanal, dirigiendo, animando y sobrenaturalizando a los socios, multiplicará al sacerdote- o al religioso -, haciéndole estar presente en todas partes oyendolo todo, influyendo en todos; en fin, rebasando los estrechos limites de su personalidad física en el ejercicio de su ministerio personal. Ciertamente no parece posible explotar mejor el celo que empleándolo en la dirección de uno o varios praesidia.
Los legionarios podrán ser de suyo humildes -como el cayado, el zurrón y los guijarros del pastor-, pero con ellos, transformados por María en instrumentos del cielo, saldrá el sacerdote como otro David, con certeza de victoria, al encuentro del más temible Goliat: la incredulidad y el pecado.
“No será la fuerza material, sino una fuerza moral la que defienda la justicia de vuestra causa y os de la victoria segura. No son los gigantes quienes más hacen. Muy pequeña era la Tierra Santa y, sin embargo, cautivó al mundo entero. Muy reducida Atica, y ha moldeado el pensamiento de la humanidad. Moisés no era más que uno solo. Elias, uno solo; y también David, Pablo, Atanasio y el Papa León. Es que la gracia obra mediante los pocos. El cielo escoge por instrumentos la clara visión, el firme convencimiento y la determinación indomable de los pocos; se sirve de la sangre del mártir, de la oración del santo, del acto heroico, de la crisis momentánea, de la energía concentrada en una palabra o en una mirada. No temáis pequeña grey, porque en medio de vosotros está Aquel que todo lo puede, y hará por vosotros grandes cosas" (Cardenal Newman, Estado actual de los católicos).

7. Formación a base del sistema maestro y aprendiz
Es muy corriente la opinión de que los apóstoles se forman principalmente escuchando conferencias y estudiando libros de texto. La Legión, en cambio, cree que la formación se hace imposible si no va acompañada de trabajo práctico; es más: hablar de apostolado y no practicarlo puede ser contraproducente, por razon de que, al discutir como debiera hacerse un trabajo, hay que exponer sus dificultades, y también señalar un ideal y un nivel de ejecución muy elevados; pero hablar a principiantes de esa manera, sin demostrarles al mismo tiempo, mediante la práctica, que tal trabajo está a sus alcances y hasta es fácil, no servirá más que para asustarles y hacerles desistir. Además, el sistema de conferencias tiende a producir teóricos y apóstoles que piensan convertir al mundo mediante la inteligencia.
Estos tendrán pocas ganas de darse a los oficios humildes y al arduo mantenimiento de contactos personales, de los que sin duda depende todo, y que el legionario -permítasenos decirlo- tan gustosamente acepta.
El concepto legionario de la formación es el método ideal, empleado -según parece, sin excepción- por todas las artes y profesiones. En vez de largas conferencias, el maestro coloca el trabajo ante los ojos del aprendiz, y con demostraciones prácticas le indica cómo debe hacerse, comentando los varios aspectos del trabajo conforme avanza. Luego el aprendiz se pone a trabajar, y el maestro le va corrigiendo. De este método sale pronto e infaliblemente el artífice adiestrado. Así que toda conferencia debe basarse en el trabajo mismo; cada palabra tiene que estar vinculada a una acción. Si no, poco fruto podrá producir y tal vez ni siquiera se recordará. Es curioso cuán poco recuerdan de una conferencia aún los estudiantes más asiduos.
Otra reflexión: si se propone el método de conferencias como medio de iniciación en un grupo apostólico, pocos se presentarán para la admisión. La mayoría, después de salir de la escuela, están resueltos a no volver a ella. Especialmente a las personas más sencillas les da miedo el pensar que tendrán que volver a una especie de clase, aunque sea de cosas buenas. Y de ahi que los sistemas de estudio de apostolado no logran suscitar un atractivo popular. Pero la Legión se basa en principios más sencillos y, a la vez, más psicológicos. Sus miembros dicen a otras personas: "venid y trabajemos juntos". A los que aceptan no se les lleva a una escuela; se les ofrece un trabajo que está haciendo ya uno como de ellos. Por tanto, ya saben que el trabajo está a su alcance, y se presta gustosamente a ingresar en la asociación. Y, una vez dentro, ven cómo se hace el trabajo, toman parte en él -mediante los informes y comentarios que oyen sobre dicho trabajo-, aprenden el mejor método de realizarlo; y, así, no tardan en adquir maestría.
"Algunas veces se le achaca a la Legión la falta de experiencia de sus miembros, o el no insistir en que éstos dediquen largos períodos al estudio y aprendizaje. Quede, pues, claro: a) que la Legión utiliza sistemáncamente la cooperación de sus miembros mejor pertrechados.
b) que, si bien no insiste sobre la importancia extrema del estudio, se ingenia todo lo posible en capacitar y adaptar a cada uno para su apostolado particular. c) que la finalidad principal de la Legión es proporcionar una estructura, desde la cual pueda invitar así al católico ordinario... "Ven, deposita el óbolo de tu talento; nosotros te enseñaremos a desarrollarlo y a usarlo, a través de María, para la gloria de Dios". Pues no hay que olvidar que la Legión es tanto para los humildes y menos privilegiados como para los doctos y más dotados" (P.Tomás P.O'Flynn, C.M; antiguo director espiritual del

 
- 11 - ESTRUCTURA DE LA LEGIÓN

1. Fin y medio: la santificación personal
Ante todo y sobre todo, la Legión de María se vale- como medio esencial para sus fines- del servicio personal activado por el influjo del Espíritu Santo; es decir, teniendo por primer móvil y apoyo la divina gracia, y por último fin la gloria de Dios y la salvación de los hombres.
De lo cual se deducirá que la santificación personal no es sólo el fin que pretende alcanzar la Legión, sino también su principal medio de acción. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante, porque sin mi no podéis hacer nada (Jn 15,5).
La Iglesia, cuyo misterio está exponiendo el sagrado Concilio, creemos que es indefectiblemente santa. Pues Cristo, el Hijo de Dios, quien con el Padre y el Espíritu Santo es proclamado "el único Santo", amó a la Iglesia como a su esposa, entregándose a Sí mismo por ella para santificarla (cf. Ef.5,25-26), la unió a Sí como su propio cuerpo y la enriqueció con el don del Espíritu Santo para gloria de Dios. Por ello, en la Iglesia, todos, lo mismo quienes pertenecen a la jerarquía que los apacentados por ella, están llamados a la santidad, según aquello del Apóstol: porque ésta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Ts 4,3; cf. Ef 1,4). Esta santidad de la Iglesia se manifiesta y sin cesar debe manifestarse en los frutos de gracia que el Espíritu produce en los fieles. Se expresa multiformemente en cada uno de los que, con edificación de los demás, se acercan a la perfección de la caridad en su propio género de vida; de manera singular aparece en la práctica de los comúnmente llamados consejos evangélicos. Esta práctica de los consejos, que, por impulso del Espíritu Santo, muchos cristianos han abrazado tanto en privado como en una condición o estado aceptado por la Iglesia, proporciona al mundo y debe proporcionarle un espléndido testimonio y ejemplo de esa santidad (LG, 39).

2.Un sistema intensamente ordenado
Los grandes manantiales de agua- y cualquier fuente de energía- se malogran si no están canalizados: de igual manera, el celo sin método y el entusiasmo sin orientaciones jamás traen grandes resultados, ni interiores ni exteriores, y frecuentemente son poco duraderos. Reparando en esto, la Legión ofrece a sus miembros, no tanto un programa de actividades, sino una norma de vida. Les provee de un reglamento exigente, en el cual tienen fuerza de ley muchas cosas que, en otras organizaciones, serían tal vez de mero consejo o se sobreentenderían; y exige a los socios un espíritu de puntual observancia de todos los detalles. Pero, en cambio, promete manifiesta perseverancia y acrecentamiento en aquellas cualidades que integran la base de la organización: fe, amor a María, intrepidez, abnegación, fraternidad, espíritu de oración, prudencia, obediencia, humildad, alegría y espíritu apostólico: virtudes que compendian la perfección cristiana.
"El desarrollo de lo que se suele llamar apostolado seglar es una manifestación particular de la vida cristiana de nuestros días. Sólo por el número ilimitado de los que pueden consagrarse a este apostolado, ¡qué amplios horizontes se abren a nuestra vista! Pero nos parece que no se saca bastante provecho de tan gigantesco movimiento. Las fuerzas no están todas encauzadas. Echando una mirada sobre la multitud de órdenes religiosas- tan grandiosamente concebidas para aquellos que pueden dejar el siglo -, se nota con triste asombro que entre dichas órdenes religiosas y las organizaciones juzgadas aptas para los seglares, hay un abismo. Por un lado, ¡qué empeño, qué precisión en sacar el máximo rendimiento! Por el otro, ¡qué provisión más rudimentaria y superficial! Ciertamente, se exigirá, al socio algún servicio, pero, en la generalidad de los casos, ese servicio se reduce a una ocupación pasajera durante la semana, y raras veces se aspira a nada más. No: es preciso concebir una idea más alta del servicio a favor de las almas. Peregrinos como somos en la tierra, este servicio ha de ser nuestro báculo y la médula de toda nuestra vida espiritual.
Las órdenes religiosas han de ser indudablemente quienes han de dar la pauta a los apóstoles seglares, y, en igualdad de circunstancias, se puede afirmar que tanto mejor actuará una organización cuanto más se conforme en su manera de ser al ideal de una orden religiosa. Pero aquí entra la dificultad de saber qué grado de disciplina se ha de imponer a los socios; pues si, por una parte, la disciplina favorece a la buena marcha de la organización, por otra existe siempre el peligro de que se lleve con excesivo rigor, disminuyendo así el atractivo que semejante organización debería tener. No hay que perder de vista que aquí se trata de una organización permanente de seglares, no de un equivalente a una orden religiosa, ni que con el tiempo pudiera transformarse en eso, como tantas veces ha ocurrido en la historia.
La finalidad es ésta, y no otra: reunir, en una organización eficaz, a personas que llevan una vida ordinaria- tal como se vive hoy día -, y a quienes hay que dejar margen para otros gustos y aficiones no estrictamente religiosas. Es menester hallar un reglamento que sea apto para la generalidad de aquellas personas a las que dicha organización está destinada. Esto y nada más, y, ciertamente, ni punto menos" (P.Miguel Creedon, primer director espiritual del Concilium Legionis Mariae).

3. El socio perfecto
Según el criterio de la Legión, es legionario perfecto el que cumple en todo fielmente con el reglamento, y no precisamente aquél cuyos esfuerzos se ven coronados por algún triunfo visible o endulzados por el consuelo. Cuanto más se adhiera uno al sistema legionario, tanto más se es socio de la Legión.
Se les exhorta a los directores espirituales y a los presidentes de los praesidia a que observen ellos y recuerden con frecuencia a los demás legionarios este concepto del verdadero socio, porque él constituye un ideal al alcance de todos- no así el feliz resultado ni el consuelo -; pues sólo estando bien compenetrados con él, podrán los legionarios sobrellevar con agrado la monotonía, la tarea ingrata, el fracaso real o imaginario, y tantos otros obstáculos que, de otra suerte, acabarían irremisiblemente con los más ilusionados comienzos del trabajo apostólico.
“El valor de nuestros servicios hacia la Compañía de María no ha de medirse -nótese bien- según la prominencia del puesto que ocupamos, sino por el grado de espíritu sobrenatural y celo mariano con que nos debemos a la labor que la obediencia nos haya señalado, por más humilde y escondida que sea” (Breve tratado de Mariología, Marianista).

4. Deber primordial
El punto más saliente del reglamento legionario es la obligación rigurosísima que la Legión impone al socio de asistir a las juntas. Es el deber primordial por que la junta es la que da el ser a la Legión. Lo que la lente es para los rayos solares, eso es la junta para los socios: los recoge, los inflama, e ilumina todo cuanto se acerca a ella. Es el vinculo de unión: roto, o aflojado por falta de estima, los miembros se dispersan y la obra cae por tierra. Y a la inversa: la organización ganará en fuerza en la medida en que se respete la junta.
Lo que sigue fue escrito en los primeros tiempos de la Legión, y sigue expresando su sentir respecto de la organización en general y, en particular, de la junta como centro y foco de la misma. “En la organización, los individuos, sean cuales sean sus dotes personales, se asocian con los demás a modo de engranaje de una máquina, sacrificando gran parte de su independencia por el bien del conjunto. Con ello ganará la obra en centuplo: muchos individuos, que de otra suerte estarían ociosos o sin poder hacer nada, entran como actores positivos, y no cada cual según sus propios relativos alcances, sino en solidaridad con el fervor y energía aportado por los demás. Es grande la diferencia cuando se obra de esta forma: algo así como la que hay entre el carbón disperso, y ese mismo carbón puesto en el corazón ardiente del fogón”.
“Además, el cuerpo organizado goza de vida propia, bien definida y distinta de la de los individuos que lo componen; esta característica, al parecer, atrae más poderosamente que la misma belleza de las obras llevadas a cabo. La asociación establece una tradición, engendra lealtad, se hace acreedora al respeto y a la sumisión, y es fuente perenne de inspiración para todos los miembros. Hablad con los legionarios, y comprobaréis que se apoyan en la Legión como en la experiencia de una madre. Y con razón: saben que les guarda de todo peligro. Les preserva del celo indiscreto, de desanimarse con el fracaso o de engreírse con el feliz éxito, de titubear ante la incomprensión, de arredrarse cuando se ven solos y sin apoyo, y de atascarse en el arenal movedizo de la inexperiencia. Toma entre sus manos la buena intención del socio y, como si fuera materia informe, la elabora según normas fijas, asegurando su desarrollo y su continuidad" (P.Miguel Creedon, primer director espiritual del Concilium Legionis Mariae).
"La Compañía de María es con relación a nosotros, sus miembros, la extensión, la manifestación visible de María, nuestra celestial Madre; pues Ella es quien nos ha recibido en la Compañía como en su seno maternal, para amoldarnos a la semejanza de Jesús, y hacernos de este modo sus hijos privilegiados, a fin de señalarnos un campo de apostolado y así compartir con nosotros su misión de Corredentora de las almas. Para nosotros, pues, amar y servir a la Compañía es lo mismo que amar y servir a María" (Breve tratado de Mariología, Marianista).

5. Junta semanal del praesidium
En un ambiente saturado de espíritu sobrenatural- por la abundante oración, las prácticas piadosas, y la dulzura del amor fraterno- celebra el praesidium una junta semanal, donde a cada legionario se le asigna un trabajo concreto, y se reciben informes sobre el que ha realizado cada uno.
Esta junta semanal es el corazón de la Legión, de donde fluye su sangre para animar todas sus venas y arterias. Es la central donde se engendra su luz y energía, el depósito que abastece todas sus necesidades. Es, en fin, el gran acto de comunidad donde Alguien, fiel a su promesa, se coloca invisiblemente en medio de ellos; donde se derrama sobre cada uno la gracia particular necesaria para su trabajo. Allí es donde se imbuyen los socios del espíritu de disciplina religiosa, que tiende ante todo a agradar a Dios y a la santificación de uno mismo; luego se les anima a recurrir a la Legión como al medio más poderoso para conseguir ese doble fin, y, por último, se les compromete a ejecutar la obra señalada, aun a costa de sus gustos particulares.
Los legionarios considerarán, pues, su asistencia a la junta semanal de su respectivo praesidium como el primero y más sagrado deber para con la Legión. Nada puede sustituirla; sin ella, su trabajo será como un cuerpo sin alma. Y la razón, basada en la experiencia, nos dice que todo descuido en el cumplimiento de este deber primordial priva a las obras de su eficacia, y pronto acarrea deserciones en las filas de la Legión.
"A los que no militan bajo el estandarte de María se les puede aplicar las palabras de San Agustín: Bene curris, sed extravíam curris (corréis mucho, pero descaminados). ¿Adónde iréis a parar?" (Petitalot).


- 12 - FINES EXTERNOS DE LA LEGIÓN

1. Fin próximo: la obra actual
La Legión pone su principal empeño no en realizar una obra particular exterior, sino en la santificación interior de sus miembros. Para conseguirlo, cuenta en primer lugar con la asistencia regular a las juntas: de tal modo se intercala en cada junta la piedad y devoción, que toda ella queda impregnada de este espíritu. Pero, en segundo término la Legión busca el desarrollo de este espíritu en cada persona, por medio de las obras de apostolado. Lo quiere poner incandescente para que luego irradie su calor. Irradiar, en este caso, no es la simple utilización de las energías que se ejercitan; por una especie de automatismo eficaz afecta esencialmente al desarrollo de esas mismas energías: para perfeccionar el espíritu apostólico es preciso ejercitarlo.
Por esto impone la Legión a cada uno de sus miembros activos, como obligación esencial y apremiante, el cumplir todas las semanas un trabajo activo determinado, y en conformidad con lo señalado en la junta por el praesidium. Este trabajo debe realizarse como un acto de obediencia al mismo praesidium; éste -con las excepciones que se indicarán más tarde-, está autorizado para aprobar cualquier trabajo activo como suficiente para satisfacer la obligación semanal. Sin embargo, sería más conforme al espíritu y a las normas de la Legión que el trabajo semanal tendiera a remediar necesidades del momento, preferentemente las de mayor urgencia, proporcionando así un objetivo digno al celo esforzado que la Legión se afana por infundir en sus miembros. Una empresa mezquina producirá sobre este celo reacciones desfavorables: corazones prontos a darse generosamente por las almas, espíritus antes dispuestos a devolver a Cristo amor por amor, sacrificio y esfuerzo por sus trabajos y su muerte, terminarán por buscar asilo en la vulgaridad y la tibieza.
"Más le costó rehacerme que hacerme de la nada. Habló y todas las cosas fueron hechas. Mientras una sola palabra bastó para crearme, para hacerme de nuevo tuvo que hablar mucho, obrar grandes prodigios, sufrir indeciblemente" (San Bernardo).

2. El fin remoto y más alto: ser levadura en la sociedad
Por importante que sea la obra que lleva entre manos, la Legión no la considera ni como el último ni como el principal fin de su apostolado: mira , más allá de las dos, tres o muchas horas semanales que invierta el legionario en su cometido, y contempla la irradiación permanente del fuego apostólico encendido en su hogar.
Una organización que logre comunicar tan gran ardor a sus miembros, tiene movilizada una fuerza inmensa. En ella, el espíritu apostólico es dueño absoluto de todo su pensar, hablar y actuar y en sus manifestaciones externas traspasa los límites de tiempo y lugar. Por ella, las personas más tímidas y, al parecer, menos aptas para luchar, adquieren una capacidad extraordinaria de influir en los demás, hasta el punto de que en cualquier circunstancia -y aun sin ejercer el apostolado conscientemente-, el pecado y la indiferencia se ven precisados a doblegarse como ante un poder superior. Esto lo enseña la experiencia de cada día. ¿Qué extraño, pues, que la Legión se llene de orgullo -como el general contemplando sus posiciones bien defendidas-, al echar su mirada sobre los hogares, comercios, talleres, escuelas, oficinas, y todo centro de trabajo o esparcimiento donde la Providencia le ha permitido colocar un buen legionario? Aún allí donde llega al colmo el escándalo y la irreligión -donde, por decirlo así, están atrincherados-, la presencia de esta Torre de David atajará el avance y desbaratará las fuerzas del mal. Nunca se harán las pases con la corrupción; siempre se esforzará por remediar la situación, a fuerza de sacrificio y súplicas; se combatirá sin tregua, denodadamente y, sin duda, con el triunfo final.
De esta forma, la Legión reúne primero a sus miembros, para que perseveren juntos con su Reina, animados de su mismo espíritu de oración; luego, los envía por los lugares del pecado y del dolor, para hacer el bien y animarse al mismo tiempo a mayores empresas; por último, tiende la vista por los caminos altos y bajos de la vida diaria, y sueña en una misión aún más gloriosa. Ella sabe bien lo que han podido hacer unos pocos legionarios y que son innumerables los que podrían alistarse en sus filas; y persuadida de que su organización, en manos de la Iglesia, provee a esta de un medio sorprendentemente eficaz para purificar un mundo pecador, anhela ver el día en que sus miembros sean tan numerosos que vengan a acreditar su nombre: Legión.
Entre los socios que trabajan activamente por la Legión, los que pertenecen al servicio auxiliar, y los que se benefician de la influencia de ambos, podría quedar abarcada una población entera, y pasar esta, de la rutina y el abandono, a que todos sus habitantes sean miembros vivos y entusiastas de la Iglesia. Imagínese lo que esto significaría para un pueblo o una ciudad: sus habitantes ya no estarían en la Iglesia pasivamente, como simples fieles; constituirían una gran fuerza dinámica, que haría sentir su influencia, directa o indirectamente- en virtud de la comunión de los santos -, hasta los confines de la tierra. Toda una población, organizada para Dios: ¡qué ideal más sublime! Pero no se crea que aquí soñamos con utopías: se trata de la cosa más práctica y realizable en el mundo hoy. ¡Si tan solo se alzaran los ojos y se extendieran los brazos....!
"Los seglares son verdaderamente una raza escogida, pertenecen a un sacerdocio sagrado, llamados también la sal de la tierra y la luz del mundo. Es ésta su vocación y misión específica: expresar el Evangelio en sus vidas y, por tanto, insertar el Evangelio en la realidad del mundo en el que viven y trabajan. Las grandes fuerzas que ensombrecen el mundo -política, medios de comunicación social, las ciencias, la tecnología, la cultura, la educación, la industria y el trabajo- son precisamente las áreas donde el seglar está capacitado específicamente para ejercer su misión. Si estas fuerzas están dirigidas por personas que sean verdaderos discípulos de Cristo y que al mismo tiempo sean totalmente competentes en el conocimiento y el tratamiento secular de las realidades actuales, entonces el mundo verdaderamente se transformará por el poder redentor de Cristo (Papa Juan Pablo II, Discurso en Limerick, Irlanda, octubre, 1979).

3. Solidaridad humana
“Buscad primero el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6,33) es lo que absorbe a la Legión por completo; es decir: los trabajos encaminados directamente a salvar a las almas. Así y todo, a ella le han venido, por añadidura, otros bienes que no buscaba directamente; por ejemplo, su valor como factor social. La Legión es un tesoro nacional para cada país donde se halle, y redunda en beneficio espiritual de todos los ciudadanos.
El buen funcionamiento de la máquina social exige -como en cualquier otro mecanismo- que todas sus piezas se armonicen coordinadamente. Cada pieza -es decir, cada ciudadano en particular- ha de cumplir con toda fidelidad su cometido, y con el menor roce posible. Si cada individuo deja de rendir todo cuanto debe al servicio común, se malgastan las energías y se altera el equilibrio necesario, como si se desajustasen todos los dientes de la rueda. Reparar el daño es imposible, por la enorme dificultad que hay en descubrir el grado o el origen del mal; por eso, el único remedio es: o emplear más fuerza motriz, o lubricar a fuerza de dinero; y tal remedio no conduce sino al fracaso progresivo, porque disminuye la idea de servicio y cooperación espontánea. Hay sociedades tan fuertes que pueden seguir trabajando aún con la mitad de sus socios mal engranados, pero trabajan a costa de una terrible frustración y descontento. Se malgastan dinero y energías para mover piezas que deberían moverse sin esfuerzo alguno, y aún ser ellas mismas fuerza de renovación social. Resultado: confusión, desórdenes, crisis.
Nadie negará que esto es lo que pasa hoy aún en los estados mejor gobernados. El egoísmo es regla de vida para el individuo; el odio transforma la existencia de muchos en fuerza destructora; y cada día que pasa aporta nueva y más deslumbrante luz sobre esta verdad que se puede expresar propiamente así: "todo aquel que niegue a Dios y le es traidor, traiciona igualmente a todo cuanto hay debajo de Él, en el cielo y en la tierra" (Brian O¨Higgins). En tales condiciones, ¿a qué alturas podemos esperar que se eleve el Estado, si este no es más que la suma total de las vidas individuales? Si las naciones son un peligro y un tormento para si mismas, ¿qué ofrecerán al mundo entero, si no un contagio de su propio desorden?
Ahora bien: supóngase que en la sociedad penetra una fuerza que, difundiéndose como por contagio saludable, enarbole en todas partes y haga atractivo al individuo el ideal del hombre sacrificado, entregado a los demás, y de elevadas miras; ¡qué cambio no se efectuaría! Las llagas supurantes se cicatrizan; la vida se eleva a un nivel superior. Y supóngase más: que surgiera una nación en que la vida pública se ajustara también a tan sublimes normas, y ofreciera al mundo el espectáculo de un pueblo que cumple unánime con sus creencias católicas y que, en consecuencia, halla solución a sus problemas sociales; ¿qué duda cabe de que esa nación sería un faro luminoso para todas las demás? Acudirían todas a ella, para aprender de sus labios.
Indiscutiblemente, la Legión tiene poder para interesar vivamente a los seglares en su religión, y para comunicar a cuantos viven bajo su influencia un ardiente entusiasmo, con los siguientes frutos: les hace olvidar las diversiones, desigualdades y antagonismo de la sociedad, les anima con el deseo de amar y trabajar por todos los demás; por estar arraigado en sus principios religiosos, tal entusiasmo no es mero sentimiento, sino que disciplina al individuo, lo educa en la idea del deber, le estimula al sacrificio, y, sin envanecerle, le encumbra a la cima del heroísmo
¿Por qué? La razón está en el motivo: toda fuerza mana de una fuente. La Legión tiene un motivo apremiante para ese servicio de la comunidad: es que Jesús y María fueron ciudadanos de Nazaret. Amaban aquella ciudad y su patria con devoción religiosa; para los judíos, la fe y la patria se entrelazaban de tal manera que resultaban una sola y misma cosa. Jesús y María vivían a la perfección la vida común de su localidad. Cada casa y cada persona eran para ellos objeto del mayor interés. Sería imposible imaginarlos indiferentes o negligentes en nada.
Hoy su patria es el mundo; y cada lugar, su Nazaret. En una comunidad de bautizados ellos están más estrechamente ligados con el pueblo que lo estuvieron con sus parientes de sangre. Pero su amor tiene que expresarse ahora mediante el Cuerpo místico. Si, con este espíritu, se esfuerzan sus miembros por servir al lugar donde viven, Jesús y María vivirán entre los hombres, y no sólo haciendo el bien, sino también saneando el medio ambiente. Habrá mejoras materiales, los problemas disminuirán. De ninguna otra fuente saldrá más auténtica mejoría.
El cumplimiento del deber cristiano en cada localidad podría traducirse en un ejercicio de patriotismo en beneficio de toda la nación. Esta palabra, sin embargo, no es en realidad muy clara: ¿cómo se define el verdadero patriotismo? No existe en el mundo mapa ni modelo de él. Algo sugiere la entrega y el sacrificio personales que se desarrolla intensamente durante una guerra; pero toda guerra está motivada más por el odio que por el amor, y, además, va dirigida a la destrucción. De ahí que sea necesario poder contar con un ejemplo válido de patriotismo pacífico.
Tal ejemplo se da ya en el servicio espiritualizado de la comunidad que la Legión ha venido urgiendo bajo el título de Verdadera Devoción a la Nación. Este servicio espiritualizado no debe estar solo en su motivación básica, sino que él y todos los contactos que se realicen por él, deben tener como meta el fomento de la vida espiritual. Los esfuerzos que produjeran un avance sólo en el plano material, falsificarían totalmente la Verdadera Devoción a la Nación.
El cardenal Newman expresa perfectamente esta idea fundamental cuando dice que un progreso material no acompañado por su correspondiente manifestación moral, es mejor no tomarlo en cuenta. Se debe, pues, guardar un correcto equilibrio.
Hay sobre este tema un folleto que puede obtenerse del Concilium.
¡Pueblos de la tierra, mirad!: si tal es la Legión, ¿no os presenta ya en marcha un cuerpo de caballería idealista, con el mágico poder de hermanar a todos los hombres y llevarlos a grandes empresas en servicio de Dios? Este es un servicio que trasciende infinitamente el valor de aquel legendario Rey Arturo, el cual- como dice Tennyson- "en su Orden de la Tabla Redonda juntó la Caballería Andante de su reino y las de todos los reinos, compañía gloriosa, la flor y nata del género humano, para que sirviese de modelo a todo el mundo, y fuese aurora sonriente de una era nueva".
"La Iglesia es, a la par, agrupación visible y comunidad espiritual; avanza al mismo ritmo que toda la humanidad, y pasa por los mismos avatares terrenos que el mundo; viene a ser como el fermento y como el alma de la ciudad humana, que en Cristo se ha de renovar y transformar en la familia de Dios... El Concilio exhorta a los cristianos -ciudadanos de la ciudad terrena y de la ciudad celeste- a que cumplan fielmente sus deberes terrenos dentro de el espíritu del evangelio. Están lejos de la verdad quienes, sabiendo que nosotros no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la futura, piensan que por ello pueden descuidar sus deberes terrenos, no advirtiendo que precisamente por esa misma fe están más obligados a cumplirlos, según la vocación de cada uno” (GS 40-43).
“La respuesta práctica a esa necesidad y a esa obligación, subrayadas por el Decreto del Concilio, se encuentra en el movimiento legionario iniciado en 1960 y conocido con el nombre de Verdadera Devoción a la Nación. La dimensión del éxito ya conseguido es una clara garantía de lo mucho que se puede conseguir en el futuro. Pero insistamos: lo que la Legión tiene que ofrecer en el orden temporal no es ciencia, ni experiencia, ni métodos extraordinarios, y ni siquiera gran número de personas que presten servicios; sino el dinamismo espiritual que la ha hecho llegar a ser una auténtica fuerza mundial, con posibilidades de enfervorizar y entusiasmar a cualquier sector del Pueblo de Dios que sea capaz de percibir y emplear ese dinamismo. Pero la iniciativa debe venir de la Legión. Por más que rehuya todo apego a lo mundano, sin embargo, la Legión ha de preocuparse siempre del mundo en el sentido del texto del Concilio. Debe darse cuenta de que el hombre tiene que vivir entre cosas materiales y de que su salvación está ligada a ella en sumo grado" (P. Tomás O´Flynn, C.M., antiguo director espiritual del Concilium Legionis Mariae).

4. En empresas importantes por Dios
Esta nueva Caballería aparece precisamente en un tiempo de máximo peligro para la religión. En nuestros días, los antiguos ejércitos del paganismo o de la irreligión han sido reforzados con ateísmo militante; este ateísmo domina hoy el campo, y extiende su perniciosa influencia mediante una organización habilísima, que no parece sino que va a adueñarse del mundo entero.
¡Qué pequeña y modesta grey es la Legión, comparada con tan temibles huestes! Pero este mismo contraste le infunde a uno más valor. La Legión está compuesta de personas entregadas al mando de la Virgen Poderosísima. Además, atesora grandes principios, que sabe llevar a la práctica eficazmente. Es de esperar, pues, que Aquél, que es todopoderoso, hará por ella y mediante ella cosas grandes.
Las metas de la Legión de María y las de esa otra "legión"- que "rechaza a nuestro único soberano y Señor Jesús, el Mesías" (Jds 1,4)- son diametralmente opuestas: la de la Legión de María es llevar a Dios y a la religión a cada hombre en particular; la de las otras fuerzas, todo lo contrario. Parecen correr parejas la oposición de fines y la semejanza de métodos.
Más no se crea que la Legión de María fue concebida como una deliberada respuesta a esa otra legión, donde impera la falta de fe. No, las cosas sucedieron muy de otra manera; unas pocas personas se reunieron en torno a la Madre de Misericordia y le dijeron: ¡Guíanos! Y Ella guió sus pasos a un hospital inmenso, repleto de enfermos, afligidos y desgraciados habitantes de una gran ciudad, y les dijo: Ved en cada uno de éstos a mi querido Hijo, y lo mismo en todos los miembros de la humanidad; compartid conmigo mi oficio de Madre para con cada uno de ellos. Asidas de las manos de María, emprendieron aquellas primeras legionarias su sencilla tarea de servir. Y he aquí que ya son Legión, y están cumpliendo esos mismos actos de amor a Dios, y a los hombres por Dios, en todo el mundo, demostrando en todas partes el poder que tiene ese amor para conmover y ganar los corazones.
También aseguran amar y servir a la humanidad los sistemas materialistas: han predicado un evangelio de fraternidad, y, aunque sin verdadero fundamento, muchos han creído en él, y por él han desertado de la religión, a la que tenían por inútil; y, convencidos de que sus nuevos amos les querían más, se han encadenado a una serie de despotismos. Una vez cautivados, ahora no escatiman esfuerzos por lograr que todos los demás se le unan. Y, verdaderamente, parece haber triunfado. Pero la situación no es desesperada: queda un medio de reconquistar para la fe a esos millones de hombres decididos, y de resguardar a muchos millones más. Esta firme y alta esperanza tiene su raíz en la aplicación del gran principio que rige el mundo, y que el santo Cura de Ars expresó así: "El mundo es de aquel que más le ame y mejor le pruebe su amor".
Ahora bien: esos hombres no escucharán jamás la simple predicación de las verdades de la fe; pero no podrán menos de apreciar la fe verdadera, y se conmoverán ante ella, si la ven encarnada en un amor heroico para con todos los hombres. Convencedles, por tanto, de que la Iglesia es quien más les ama, y les veréis volver la espalda a los que ahora les tiranizan; y, superando todas las dificultades y amenazas, abrazarán de nuevo la fe, y por ella darán hasta su propia sangre.
Ningún amor vulgar es capaz de tan grandes conquistas. Ni tampoco lo conseguirá un catolicismo mediocre, que apenas logre mantenerse a flote. Sólo lo alcanzará un catolicismo que ame de todo corazón a Jesucristo, su Señor, y, después, trate de verle y amarle en todos los hombres, de cualquier clase y condición. Esta soberana caridad de Cristo ha de llevarse a la práctica tan universalmente, que quienes la contemplen, se vean forzados a admitir que ella constituye un rasgo esencial de la Iglesia católica, y no algo excepcional de unos cuantos miembros escogidos. Para esto es preciso que dicha caridad resplandezca en la vida del común de los fieles.
Querer que la familia católica, toda entera se inflame en tan sublime anhelo, ¿es acaso pedir un imposible? Empresa más que hercúlea, por cierto. Es un problema de tan vastos horizontes, y son tan formidables las fuerzas enemigas que dominan la tierra, que es para desanimar al corazón más valiente. Pero no, María es el corazón de la Legión, y este corazón es fe y amor inefable. Con este convencimiento, la Legión fija sus ojos en el mundo, y de inmediato nace una ardiente esperanza: el mundo es de aquel que más le ame; y, volviéndose a su excelsa Reina, le implora como en un principio: ¡Guíanos!
"La Legión de María y sus fuerzas oponentes- secularismo e irreligión- se enfrentan la una contra la otra. Estas fuerzas mantenidas mediante una propaganda constante a través de la prensa, televisión, video, han traído consigo el aborto, el divorcio, la utilización de anticonceptivos, drogas y todas y cada una de las formas de indecencia y brutalidad en el corazón de los hogares. La simplicidad e inocencia de todo recién nacido queda sin defensa ante estas influencias devastadoras.
Sólo una movilización total del pueblo católico podrá resistir tal dominio. Para este fin, la Legión de María posee un mecanismo perfecto, y eso lo admiten hasta sus enemigos. Pero todo mecanismo de por sí, es inútil si no tiene la conveniente fuerza motriz. Aquí la fuerza está en la espiritualidad legionaria, en un sumo aprecio del Espíritu Santo y de una plena confianza en Él, en la verdadera devoción a su esposa, la santísima Virgen María y en alimentarse con el Pan de Vida, la Eucaristía.
Cuando entran en conflicto estas dos fuerzas, la Legión y el materialismo militante, éste es capaz de perseguir y hasta de matar; pero no podrá con el espíritu de la Legión. Los legionarios soportan hasta el martirio, y mantienen vivas las llamas de la libertad y de la religión, y al fin triunfan" (P. Aedan McGrath, S.S.C.)
 
 

Manual de la Legión de María

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