¡SALVE, RABBÍ!

(Mt 26,47-56; Mc 14,43-52;

Lc 22,47-53; Jn 18,1-12)

 

Por

Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

        

 Termina la oración con que te ofreces

para sufrir martirio por las almas

y el pueblo va a prenderte

con garrotes y espadas;

sale, medroso, Judas a tu encuentro,

mas Tú ya le esperabas,

y acercándose a Ti te da ese beso

símbolo de traición para el que ama.

 

¡Salve, Rabbí!, saluda el buen amigo,

y al momento te apresan los infieles,

permaneces tranquilo,

le dices: ¿A qué vienes?.

Pero él no te responde, es su misión

y tiene sus haberes,

de esta forma lo escrito se cumplió

y abrazarás tu Cruz hasta la muerte.

 

Simón, Pedro, ataca a un mercenario

cortándole la oreja con su espada,

y Tú extiendes la mano

y su herida restañas.

Has mostrado ante el pueblo tu poder,

esto les amilana;

por temor, tus discípulos también

huyen, no te respaldan.

 

Quedas solo, Señor, para sufrir

por nosotros la pena del pecado.

Y yo no te seguí,

me puse a buen recaudo.

Tú, el poderoso, sufres por mi amor

ofensas, latigazos;

desde la cruz me ofreces el perdón

y en tu Madre me acoges como hermano.

 

Te negué tantas veces..., y me temo

que mi debilidad siga triunfando,

por eso yo te ruego

que me abras tu Sagrario,

que me libres del mal, que en mi destierro

estés siempre a mi lado,

y al final de los tiempos, en tu reino,

reviva entre tus brazos.

 

 Emma-Margarita R. A.-Valdés

 

Esta poesía, en mp3, recitada por la autora

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